¿Por qué te sientes así? La ciencia de las emociones y la conexión mente-cuerpo

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Jorge Benito
¿Por qué nos sentimos como nos sentimos? ¿De dónde vienen las emociones, y cómo influyen en nuestra salud física y mental? ¿Por qué nos afectan las emociones de otros? ¿Cómo logramos el equilibrio emocional? ¿Y qué dice la ciencia acerca de todo esto?

En su obra de referencia Molecules of Emotion (1999), la doctora Candace Pert respondió a estas preguntas esenciales de forma provocativa y revolucionaria.

Su investigación demuestra que la mente y el cuerpo están conectados, pero va mucho más allá: las emociones, además de afectarnos psicológica y biológicamente, también afectan a las personas con las que interactuamos. Son mecanismos biopsicosociales diseñados para transformarnos a nivel individual y colectivo.

Candace Pert (1946-2013), neurocientífica y farmacóloga con más de 250 estudios científicos publicados, es considerada por muchos como la “madre de la psiconeuroinmunología”. A lo largo de su carrera, nos mostró que las emociones, en gran medida ignoradas dentro de la ciencia y la medicina, son en realidad clave para entender cómo el cuerpo y la mente se afectan entre sí.

La doctora Pert descubrió que las emociones son sustancias químicas que nuestro cuerpo produce. Esto ya es bastante revelador, pero su investigación fue mucho más allá: además de hacernos sentir de determinada forma (alegría, tristeza, ira, miedo…), las emociones dirigen los cambios fisiológicos que ocurren simultáneamente en el cerebro y el resto del cuerpo, modifican nuestra percepción, transforman nuestros estados de conciencia… e influyen en otros seres sintientes.

Las moléculas de la emoción

Dentro de la comunidad científica, cualquier relación entre el aspecto anímico o psicológico y la salud física es simplemente sospechosa: sugerir que la psique afecta nuestra biología es visto por muchos como algo místico y absurdo.

Sin embargo, las emociones y sus sustratos bioquímicos pueden ahora ser medidos, y cada vez disponemos de más estudios que validan empíricamente la conexión indisoluble entre nuestra mente y nuestro cuerpo (en este artículo puedes ver los estudios de la Premio Nobel Elizabeth Blackburn).

Candace Pert descubrió en 1972 la existencia de los receptores opioides, situados en la superficie de la célula. Estos receptores se unen selectivamente a moléculas específicas, tal y como una llave encajaría en su cerradura. Muchas de estas sustancias recibidas por los receptores son los neuropéptidos, los substratos básicos de la emoción. Cuando estos neuropéptidos son liberados, experimentamos sensaciones, sentimientos, pensamientos, cambios de humor…

Las moléculas de la emoción actúan como señales que afectan a la química y la electricidad de cada célula en el cuerpo. Cuando el receptor, situado en la membrana celular, es activado por una molécula de la emoción, transmite un mensaje al interior, y este mensaje cambia la frecuencia eléctrica de la célula y su composición química, modificando también su comportamiento: crear nuevas proteínas, tomar decisiones acerca de la división celular, abrir o cerrar canales iónicos, modificar la expresión epigenética, etc.

La vida de la célula, por lo tanto, está determinada por los mensajes que las moléculas de la emoción envían a la célula. Son estos mensajes, y no los genes, los que establecen nuestra conducta, nuestro humor y nuestro funcionamiento biológico. Todo nuestro cuerpo depende de estas sustancias. De hecho, nuestro estado mental también depende de ellas: según la doctora Pert, los neuropéptidos son responsables de alterar nuestros estados de conciencia.

Además de sus contribuciones en el campo de la Medicina Mente-Cuerpo, el trabajo de la Dra. Pert fue determinante para permitirnos prosperar en nuestro conocimiento acerca de la inteligencia somática. Gracias a sus investigaciones, hoy sabemos que las tres áreas clásicamente separadas -neurociencia (cerebro), endocrinología (glándulas) e inmunología (nódulos linfáticos, médula ósea y el bazo)-, están unidas en una red integrada de comunicación multidireccional coordinada de acuerdo a acciones concretas de moléculas mensajeras específicas: la moléculas de la emoción.

Nuestras emociones son mucho más que «cosas que sentimos»: son los conductores principales de nuestros sistemas biológicos y orquestan el equilibrio de nuestro organismo.

Favorece tus emociones expansivas

Cuanto más sentimos una emoción, más fácil nos resulta seguir sintiéndola en el futuro.

Cuanto más alegría sentimos, más preparamos el terreno para que nuestro cuerpo cree los circuitos asociados con esa emoción. Y cuanto más nos sumimos en emociones nocivas, más fijamos los circuitos asociados con las moléculas tóxicas (como sería el caso del famoso cortisol, la hormona del estrés más destacada, que es altamente tóxica y nociva).

Un ejemplo de este proceso en acción:

1. Sientes gratitud y liberas sus moléculas asociadas, opioides placenteros.

2. Te sientes bien, y esta emoción positiva fortalece los circuitos cerebrales de la gratificación y la recompensa.

3. Tus células desarrollan más receptores afines a la gratitud, y le piden a tu organismo que envíe más “moléculas de gratitud”.

4. Esto te predispone a reproducir más comportamientos y actitudes interiores que generan gratitud, con lo que más opioides naturales son liberados.

Se trata de un circuito de retroalimentación positiva: cuanta más gratitud sientes, más estás preparando a tu biología para ayudarte a incorporar esta emoción en tu vida de forma repetida.

Y la buena noticia es que puedes ejercitar tu capacidad de favorecer emociones expansivas y edificantes como esta. Todo el mundo puede hacerlo. Y cuando te pones en el camino de entrenar esta habilidad, no solo te sientes bien, sino que transformas por completo el funcionamiento de tu biología, tus procesos cognitivos, tus mecanismos de percepción y tus estados de conciencia.

¿Reprimir emociones? Mala idea…

Dado que nuestra expresión emocional está unida a un flujo específico de moléculas, la supresión crónica de emociones resulta en disturbios masivos en la red psicosomática.

Reprimir emociones y no dejarlas fluir libremente rompe la integridad del sistema. El estrés derivado de la supresión emocional se manifiesta en bloqueos e insuficiencias en el flujo de neuropéptidos que regulan las funciones celulares, y resulta en un debilitamiento que puede conducir a la enfermedad.

Si reprimimos la expresión de las emociones, también reprimimos nuestras funciones orgánicas, lo que a la larga produce desequilibrio, malestar y enfermedad, ya que se trata de una parte intrínseca del funcionamiento de nuestro cuerpo. Se produce un atasco y las cosas no funcionan.

Las emociones incómodas que tanto nos esforzamos por reprimir, y que típicamente surgen de nuestra incapacidad de responder funcionalmente ante el estrés cotidiano, son parte fundamental de nuestra red psicosomática. Lejos de tratar de apartarlas, debemos observarlas, reconocerlas y dejarlas fluir libremente para que nuestros ciclos emocionales sigan su curso de forma natural.

Vamos a ver cómo.

La clave de tu salud y tu plenitud

La clave fundamental se encuentra en algo que ya has oído muchas veces: el equilibrio emocional. Pero, ¿qué significa desde un punto de vista científico? Dejar que las emociones fluyan. El equilibrio emocional es el resultado de un flujo abierto de emociones.

Cuando la alegría aparece, dejamos que se exprese, que sea como es. Si nos aferramos a ella, estamos bloqueando la red dinámica de comunicación neuroquímica porque no la dejamos fluir. Y cuando la emoción negativa aparece, hacemos lo mismo: dejamos que se exprese y sea como es. Si la rechazamos, causamos el mismo disturbio psicobiológico porque las moléculas no fluyen como deberían.

Sin apego y sin rechazo. Sin tratar de aferrarnos siempre a lo cómodo y sin tratar de reprimir lo incómodo. Dejar que las emociones se expresen y fluyan. Esta es la clave del equilibrio emocional.

Ahora bien, esto no quiere decir que cuando sintamos ira o frustración reaccionemos descontroladamente rompiendo cosas o hablándole mal a otros. Eso no es dejar que la emoción se exprese, sino usar la emoción como excusa para dar rienda suelta a nuestros más bajos instintos.

Dejar que la emoción fluya sin que nos desborde no implica reaccionar caóticamente, sino reconocerla y transitarla sin caer en conductas perniciosas.

Así que tenemos que aprender a transitar las emociones desde la apertura.

Esto no es fácil, desde luego. Lidiar con todas esas emociones incómodas y dolorosas sin caer en la represión emocional ni en la reacción caótica es todo un desafío porque tenemos que aprender a intervenir conscientemente sobre los mecanismos psicobiológicos de la emoción. Tenemos que entrenarnos para permitir que la mente consciente dirija nuestra vida.

La clave del equilibrio emocional está en la mente.

Nuestra mente juega un papel determinante en la forma en que las moléculas de la emoción nos afectan. Nuestra percepción e intepretación de lo que nos sucede genera cambios en la química corporal, y estas moléculas afectan el entorno celular que gobierna el funcionamiento orgánico. Cuando las emociones incómodas emergen, debemos adoptar una actitud mental correcta en la que no las rechazamos pero tampoco nos sentimos desbordados.

Si adoptamos una actitud derrotista y victimista («no puedo, pobre de mí, no sé qué hacer, qué injusto…»), agilizaremos la autoabsorción ansiosa y activaremos de una respuesta de amenaza en nuestro sistema nervioso que libera moléculas del estrés, con lo que nos sentiremos aún peor y habrá consecuencias poco ventajosas para la salud de nuestro organismo.

Si, por el contrario, permanecemos en una actitud resiliente en la que somos capaces de sobreponernos a nuestros sentimientos de frustración y tolerar el estrés y la incertidumbre, favoreceremos la activación de mecanismos biológicos que liberan moléculas más propicias para nuestra salud, nuestro bienestar y nuestro equilibrio mente-cuerpo.

Y tú puedes entrenar esta habilidad.

¿Cómo?

Incorporando el hábito de práctica de mindfulness. Es la forma más eficaz de aprender a observar, sentir y responder sosegadamente ante el constante flujo de neuroquímicos que experimentamos momento a momento. Con práctica desarrollamos nuestra madurez emocional: no nos resistimos a las emociones que nos incomodan, y no nos quedamos atrapados en las emociones que nos agradan. Permitimos que las emociones fluyan libremente, sin rechazarlas y sin dejarnos arrastrar por ellas, y sin reaccionar de forma ciega y apresurada.

Además, el mindfulness o atención plena también puede actuar como fuerza para poner nuestras moléculas beneficiosas en acción. La atención enfocada a la actividad cardiorrespiratoria modifica la frecuencia y amplitud de la respiración, lo que produce cambios en la cantidad y los tipos de moléculas que son liberadas del tronco encefálico, transformando nuestros estados de conciencia y el funcionamiento de la red psicosomática. Y dado que la práctica de la atención plena libera endorfinas, nuestros opiáceos naturales -así como otras sustancias reguladoras del dolor y antidepresivos naturales (click en este artículo para conocer más)-, los cambios que esta práctica pone en funcionamiento son realmente significativos.

Mi recomendación es que comiences una práctica regular de mindfulness hoy mismo. Y si quieres comenzar a practicar atención plena de forma totalmente guiada, te animo a crear una cuenta gratuita en Mindful Science. Yo mismo te voy a guiar.

Resonancia emocional: o cómo las emociones nos conectan colectivamente

Todas las emociones, además de un aspecto físico (molécula), poseen también un aspecto vibracional (onda). Actúan en los dos planos.

Una de las investigaciones más destacadas (y controvertidas) de Candace Pert, y que supuso un punto de inflexión en su carrera, encontró que los receptores celulares vibran en respuesta a moléculas extracorporales, es decir, emociones de otras personas, un fenómeno análogo a las cuerdas de un violín que vibran cuando las cuerdas de un violín cercano están siendo tocadas. Al recibir la vibración emitida por emociones ajenas, nuestros receptores celulares también mandan señales al interior de la célula.

Esta idea de “eco emocional” fue ampliada posteriormente dando lugar a la teoría de la resonancia límbica o resonancia empática, según la cual todos los mamíferos poseen una capacidad natural de empatía, sincronización emocional y conexión no verbal que forma parte de sus relaciones sociales.

Según los doctores Lewis, Amini y Lannon, autores de la obra A General Theory of Love, nuestro sistema nervioso no es independiente, sino que más bien se sintoniza de modo demostrable con quienes nos rodean y comparten con nosotros una conexión cercana, alterando la estructura misma de nuestros cerebros. Las emociones serían la clave de esta sintonización.

Así pues, la investigación respalda que cada emoción posee, además de su particular firma neuroquímica, su propia vibración. Cuando nos emocionamos, enviamos esa vibración a otras personas. Emitimos y recibimos. Las emociones, además de orquestar las interacciones entre todos nuestros órganos y sistemas fisiológicos, orquestan también nuestras interacciones con los seres que nos rodean.

Autor

Jorge Benito

Jorge Benito lleva años estudiando desde una perspectiva puramente científica cómo la mente y el cuerpo se conectan y cómo podemos usar este conocimiento para crear hábitos que potencian nuestras capacidades psicobiológicas y nos convierten en personas más sanas, enfocadas, calmadas, equilibradas, resilientes, inspiradoras y conscientes.

Siempre a caballo entre el mundo de la investigación y la aplicación práctica, Jorge dirige el área educativa de Mindful Science, donde explora la activación voluntaria de nuestros mecanismos naturales de transformación biopsicosocial y el fortalecimiento de nuestras capacidades y virtudes humanas.

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